Foto: Estatua de Felipe Calderón en los Pinos, derribada por una árbol tras una fuerte lluvia. Cuartoscuro

¿Controlar un país sin gobernarlo?

Poder político, recursos naturales y la influencia de las grandes potencias

Durante siglos, el dominio de un territorio parecía requerir ejércitos, ocupaciones militares y administraciones coloniales. Sin embargo, el poder internacional ha desarrollado formas mucho más sofisticadas de ejercer influencia. Un Estado puede conservar su bandera, sus instituciones, sus elecciones y hasta su soberanía formal, mientras decisiones fundamentales de su gobierno quedan condicionadas por intereses externos.

De aquí surge una pregunta incómoda:

¿Es necesario controlar a toda una población para controlar los recursos, la economía y las decisiones estratégicas de un país?

Una hipótesis sostiene que, en determinadas circunstancias, puede ser suficiente ejercer una influencia decisiva sobre sus élites políticas y económicas, particularmente sobre quienes concentran el poder ejecutivo.

La cuestión no es simplemente si un gobierno extranjero «controla» a otro. El verdadero problema es comprender qué mecanismos permiten transformar poder económico, influencia diplomática o superioridad militar en capacidad para modificar las decisiones de un Estado soberano.

Del colonialismo al poder indirecto

El colonialismo clásico se basaba en el control directo del territorio. Una potencia conquistaba una región, establecía autoridades y administraba sus recursos.

El mundo contemporáneo es diferente.

La independencia política de un país no significa necesariamente independencia económica o estratégica. Un Estado puede depender de capital extranjero, mercados externos, tecnología, crédito internacional, armamento, infraestructura o inversión extranjera.

Esa dependencia puede generar una relación asimétrica.

La potencia dominante no necesita necesariamente gobernar directamente el país. Puede intentar conseguir que las decisiones de quienes gobiernan sean compatibles con sus intereses.

En esta perspectiva, el poder internacional puede funcionar de una manera mucho más discreta:

influencia económica → presión política → condicionamiento de las élites → decisiones gubernamentales → beneficios estratégicos o económicos.

Esto no significa que todos los gobiernos extranjeros actúen de esta manera ni que todos los gobernantes de países en desarrollo sean agentes de una potencia extranjera. La hipótesis plantea algo más concreto: bajo determinadas condiciones, la concentración del poder y la debilidad institucional pueden hacer posible una influencia externa extraordinariamente profunda.

El presidente como punto de concentración del poder

La idea de que controlar a una sociedad entera puede ser innecesario si se consigue influir sobre quienes toman las decisiones centrales merece especial atención en sistemas políticos presidencialistas.

Un presidente puede tener capacidad para:

  • Modificar políticas económicas
  • Otorgar concesiones
  • Negociar contratos internacionales
  • Cambiar regulaciones
  • Ordenar políticas de seguridad
  • Establecer alianzas internacionales
  • Impulsar privatizaciones
  • Modificar relaciones comerciales
  • Designar funcionarios clave
  • Utilizar las fuerzas de seguridad del Estado

Por supuesto, ningún presidente opera completamente solo. Existen congresos, tribunales, burocracias, empresarios, fuerzas armadas, gobiernos locales, medios de comunicación y organizaciones sociales.

Pero cuando esas instituciones son débiles o están altamente subordinadas al Ejecutivo, la concentración del poder puede convertirse en una vulnerabilidad frente a la influencia extranjera.

Por eso, la hipótesis no debería formularse simplemente como «controlar al presidente».

Una formulación más precisa sería:

La concentración del poder político puede reducir el número de actores cuya cooperación resulta necesaria para influir significativamente sobre las decisiones de un Estado.

Es una diferencia importante.

El poder económico como instrumento político

Los recursos naturales ocupan un lugar central en esta discusión.

Petróleo, gas, minerales, tierras agrícolas, agua, madera y otros recursos estratégicos pueden representar enormes intereses económicos.

Pero poseer recursos no significa automáticamente controlar su explotación.

Para convertir un recurso natural en riqueza es necesario establecer:

  • Quién recibe las concesiones
  • Quién puede explotar los yacimientos
  • Qué impuestos se pagan
  • Quién controla la infraestructura
  • Qué empresas reciben contratos
  • Dónde se exportan los productos
  • Bajo qué legislación operan las compañías

Por ello, la batalla por los recursos puede trasladarse del terreno militar al terreno político.

Una empresa extranjera no necesita poseer formalmente un territorio para beneficiarse de sus recursos. Puede hacerlo mediante contratos, concesiones, inversiones, asociaciones empresariales o acuerdos comerciales.

La pregunta relevante entonces pasa a ser:

¿Quién establece las reglas bajo las cuales se explotan esos recursos?

Guatemala: cuando los intereses económicos y geopolíticos convergen

La historia ofrece ejemplos concretos que permiten estudiar esta hipótesis.

Uno de los más importantes es Guatemala en 1954.

Durante el gobierno de Jacobo Árbenz se impulsó una reforma agraria que afectó intereses económicos importantes, entre ellos los de United Fruit Company, una empresa estadounidense con una presencia considerable en la economía guatemalteca.

Al mismo tiempo, Washington interpretaba al gobierno de Árbenz dentro del contexto de la Guerra Fría y del enfrentamiento con el comunismo.

Documentos oficiales estadounidenses posteriormente desclasificados muestran que la CIA desarrolló una operación para debilitar y finalmente derrocar al gobierno de Árbenz. La operación combinó presión diplomática, propaganda, operaciones políticas, intentos de generar deserciones dentro de las fuerzas armadas y acciones paramilitares.

Otros documentos estadounidenses de la época describen la importante posición económica de United Fruit Company en Guatemala, incluyendo sus intereses en tierras, ferrocarriles, transporte y producción bananera.

El caso resulta especialmente interesante porque permite observar la convergencia de dos dimensiones:

intereses económicos + objetivos geopolíticos.

La intervención estadounidense fue presentada fundamentalmente dentro del marco de la seguridad hemisférica y la Guerra Fría. Pero existían simultáneamente importantes conflictos económicos alrededor de la reforma agraria y los intereses de United Fruit.

Por eso, el caso no debe reducirse a la explicación simplista de que «una empresa ordenó un golpe».

La pregunta histórica más interesante es otra:

¿Cómo interactuaron los intereses empresariales, la política exterior estadounidense y la lucha ideológica de la Guerra Fría para producir las condiciones que terminaron con el gobierno de Árbenz?

La intervención no siempre tiene la forma de un golpe de Estado

Uno de los errores más frecuentes al estudiar estas relaciones es imaginar solamente escenarios extremos.

La influencia extranjera puede adoptar muchas formas. Algunas muy presentes en mandatarios que «parecieran» tener una actuación cercana o interpretada como locura.

Puede existir:

Presión económica.
Amenazas comerciales (Aranceles), sanciones, restricciones financieras o condicionamiento de créditos.

Influencia diplomática.
Negociaciones en las que una potencia utiliza su posición internacional para modificar el comportamiento de otro gobierno.

Dependencia militar.
Un país que depende de otro para obtener armas, entrenamiento, inteligencia o tecnología puede tener un margen de maniobra reducido.

Influencia sobre las élites.
Empresarios, políticos, militares y funcionarios pueden desarrollar relaciones estrechas con actores extranjeros.

Operaciones de información.
La propaganda y las campañas de influencia pueden intentar modificar la percepción pública de un gobierno.

Inversión extranjera.
Las empresas multinacionales pueden adquirir posiciones estratégicas dentro de sectores esenciales de una economía.

Financiamiento político.
El apoyo financiero o logístico a determinados actores políticos puede alterar la competencia interna.

Intervención clandestina.
En determinados episodios históricos, agencias de inteligencia han participado directamente en operaciones destinadas a influir en procesos políticos extranjeros.

Estas herramientas no tienen necesariamente el mismo peso ni implican por sí mismas control político. Precisamente por eso deben estudiarse caso por caso.

Cuando la soberanía existe en el papel

Aquí aparece uno de los aspectos más profundos de la hipótesis.

Un país puede ser jurídicamente soberano y, sin embargo, encontrarse en una situación de fuerte dependencia.

Puede tener:

  • Un presidente,
  • Un Congreso,
  • Una Constitución,
  • Elecciones,
  • Una moneda,
  • Un ejército
  • Fronteras reconocidas internacionalmente.

Pero si sus decisiones económicas fundamentales están condicionadas por acreedores externos, empresas multinacionales, mercados internacionales o alianzas militares, su margen efectivo de autonomía puede ser considerablemente menor que su soberanía jurídica.

Esto conduce a una distinción fundamental:

Soberanía formal no siempre significa autonomía efectiva.

La primera es una cuestión jurídica.

La segunda es una cuestión de poder.

¿Imperialismo sin ocupación?

Esta posibilidad conduce a una reinterpretación del imperialismo.

El imperialismo del siglo XIX podía identificarse fácilmente: tropas extranjeras, administradores coloniales y territorios anexados.

El poder internacional contemporáneo puede ser mucho menos visible.

Una potencia puede conseguir influencia mediante:

  • Capital
  • Tecnología
  • Comercio
  • Crédito
  • Empresas
  • Inteligencia
  • Diplomacia
  • Cooperación militar
  • Alianzas políticas

El territorio continúa siendo formalmente independiente.

Pero las decisiones estratégicas pueden estar sometidas a fuertes presiones externas.

Esto es lo que algunos enfoques de las ciencias sociales han denominado imperialismo informal o formas de dependencia.

La idea no significa que toda relación económica internacional sea imperialista. El comercio y la inversión pueden ser mutuamente beneficiosos y los Estados débiles también poseen capacidad de negociación.

El concepto resulta útil cuando existe una asimetría sistemática de poder y cuando esa asimetría puede traducirse en capacidad para condicionar decisiones políticas.

¿Y dónde entra la ultraderecha o incluso el fascismo?

La hipótesis original introduce otro elemento: la posibilidad de que gobiernos autoritarios o de extrema derecha utilicen estas relaciones para expandir sus intereses económicos e ideológicos.

Aquí conviene separar dos variables.

Una es la ideología del gobierno.

Otra es la estructura de poder internacional.

Un Estado puede perseguir intereses económicos y geopolíticos independientemente de que su gobierno sea democrático, autoritario, conservador, socialista o de otra orientación.

Por ello, el análisis de la ultraderecha debería plantearse como una variable específica:

¿Los gobiernos autoritarios o ultranacionalistas utilizan mecanismos de influencia exterior diferentes o más coercitivos que otros tipos de gobierno?

Esta pregunta permite estudiar el fenómeno sin asumir de antemano la respuesta.

La captura de las élites

Quizá el concepto más importante para esta hipótesis sea el de cooptación de élites.

Una potencia extranjera no necesita convencer a toda una población.

Puede concentrar sus esfuerzos en grupos relativamente pequeños que poseen capacidad de decisión:

  • Dirigentes políticos
  • Empresarios
  • Militares
  • Altos funcionarios
  • Medios de comunicación
  • Grupos financieros
  • Organizaciones profesionales

Si determinados sectores de las élites nacionales tienen intereses estrechamente vinculados con una potencia extranjera, sus objetivos pueden coincidir.

Y aquí aparece una cuestión especialmente compleja:

¿Dónde termina la influencia extranjera y dónde comienza la decisión autónoma de las élites nacionales?

No siempre es posible establecer una línea clara.

Un empresario puede defender una política porque recibe beneficios económicos.

Un político puede defenderla porque considera que beneficia a su país.

Un gobierno puede adoptarla porque necesita inversión.

Y una potencia extranjera puede aprovechar esa coincidencia sin haber «ordenado» directamente la decisión.

Por eso, demostrar la existencia de influencia requiere mucho más que encontrar relaciones personales o coincidencias políticas.

La hipótesis que queda por comprobar

El verdadero desafío científico consiste en determinar si estos elementos aparecen juntos de manera sistemática.

Una hipótesis susceptible de investigación podría ser:

Cuanto mayor sea la dependencia económica, militar o estratégica de un Estado respecto de una potencia extranjera, y cuanto menor sea la capacidad de sus instituciones para distribuir y limitar el poder ejecutivo, mayor será la capacidad potencial de dicha potencia para condicionar las decisiones estratégicas del gobierno.

Esta hipótesis puede ponerse a prueba.

No basta con demostrar que existe inversión extranjera.

No basta con demostrar que un presidente se reunió con dirigentes extranjeros.

No basta con demostrar que una empresa obtuvo una concesión.

Habría que demostrar una cadena causal.

Por ejemplo:

interés extranjero → mecanismo de presión o influencia → modificación de una decisión gubernamental → beneficio para el actor externo.

Y, preferentemente, demostrarlo mediante documentos, archivos, testimonios, registros financieros, contratos, comunicaciones diplomáticas y decisiones gubernamentales.

La pregunta que permanece

Quizá la pregunta más importante no sea:

«¿Quién gobierna realmente este país?»

Esa formulación puede conducir fácilmente a explicaciones conspirativas.

Una pregunta mucho más productiva es:

¿Quién tiene capacidad para determinar qué decisiones puede tomar un gobierno, cuáles tienen un costo demasiado alto y cuáles reciben apoyo externo?

Porque el poder internacional no siempre consiste en decirle a un gobierno qué debe hacer.

A veces consiste en conseguir que ciertas alternativas sean demasiado costosas, demasiado riesgosas o políticamente imposibles.

En ese escenario, nadie necesita ocupar un país.

Nadie necesita gobernarlo directamente.

Y quizá ni siquiera sea necesario controlar personalmente a un presidente.

Puede bastar con construir una estructura de dependencia en la que las decisiones formalmente soberanas estén condicionadas por relaciones de poder que se encuentran fuera de las fronteras nacionales.

Esa es, en última instancia, la cuestión que hace relevante esta hipótesis: comprender cómo puede ejercerse el poder sobre un Estado sin necesidad de poseerlo.

El colofón histórico en México

La elección de 2006 en México que le dió el triunfo a Felipe Calderon, estuvo rodeada de irregularidades y una enorme crisis de legitimidad; Estados Unidos tenía una clara preferencia por la continuidad de una relación estrecha con un gobierno encabezado por Calderón y actuó diplomáticamente para preservar la estabilidad y el reconocimiento del resultado.

La existencia de un acuerdo secreto mediante el cual Washington habría ayudado a legitimar un fraude a cambio de concesiones políticas e incluso, asociación con cárteles del narcotráfico.

Para cerrar este articulo, mencionaremos lo siguiente:

El político estadounidense Robert Lansing, quien se desempeñó como Secretario de Estado de los Estados Unidos. Mencionó en una carta que presuntamente escribió en febrero de 1924 dirigida al magnate de los medios de comunicación William Randolph Hearst.

El propósito del escrito era disuadirlo de hacer campaña para imponer a un ciudadano estadounidense en la presidencia de México tras la Revolución Mexicana.

El fragmento en español cita textualmente lo siguiente: 

“México es un país extraordinariamente fácil de dominar, porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente.

El camino más seguro, aunque un poco más lento, es abrir “a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y educarlos en el modo de vida americano, en sus valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos”.

México requeriría de “administradores competentes” que serán aquellos que nosotros hemos adiestrado y “eventualmente se adueñarían de la Presidencia”.

De esta manera EU conseguiría sus fines sin gastar un centavo ni disparar un tiro y conseguirán someter a México “mejor y más radicalmente que nosotros mismos lo podríamos hacer”.

Rechazo absoluto a cualquier tipo de intervención o injerencia extranjera en asuntos nacionales, México es un país libre y soberano. LCA

Por: Redacción LCA

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