¿Donald Trump y Benjamin Netanyahu son líderes?
Hay momentos en la historia en los que una pregunta incómoda deja de ser una provocación y se convierte en una necesidad: ¿cómo es posible que personas rodeadas de escándalos, acusaciones gravísimas y cuestionamientos internacionales puedan llegar a gobernar algunas de las naciones más poderosas del planeta?
No se trata solamente de Donald Trump o Benjamin Netanyahu. Se trata de algo más profundo: de nuestra relación con el poder, de la memoria colectiva, de la responsabilidad de los ciudadanos y de la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a lo inaceptable.
Trump y la sombra de Epstein
Donald Trump no fue un desconocido para Jeffrey Epstein. Durante años existió una relación social entre ambos y sus nombres aparecen vinculados en documentos, testimonios y registros relacionados con el financiero condenado por delitos sexuales. La propia documentación oficial estadounidense contiene referencias a esa relación.
En 2026, el Departamento de Justicia estadounidense publicó millones de páginas adicionales relacionadas con el caso Epstein. Entre esos materiales aparecieron entrevistas del FBI con una mujer que afirmó que Epstein la presentó a Trump cuando ella tenía entre 13 y 15 años y que Trump intentó forzarla a realizar un acto sexual. Son acusaciones, no hechos judicialmente establecidos, y Reuters informó que no pudo verificarlas de manera independiente. La Casa Blanca las calificó de infundadas y Trump ha negado haber tenido conocimiento de los delitos de Epstein.
La precisión importa. Que una persona aparezca mencionada en los archivos de Epstein no demuestra por sí mismo que haya participado en sus delitos. Pero tampoco debería impedir que la sociedad haga preguntas cuando existen acusaciones tan graves y una relación documentada con una persona que durante años explotó sexualmente a menores.
Epstein, por su parte, sí fue un delincuente sexual condenado, y el Departamento de Justicia ha documentado la existencia de numerosas víctimas menores de edad.
Y aquí aparece la contradicción que debería inquietarnos: ¿qué dice de una sociedad que un hombre rodeado durante décadas de controversias pueda convertirse nuevamente en presidente de Estados Unidos, una de las mayores potencias políticas, económicas y militares del planeta?
Netanyahu y la tragedia de Gaza
La otra gran contradicción se encuentra en Israel.
Benjamin Netanyahu ha gobernado Israel durante años y continúa ocupando el cargo de primer ministro. Bajo su gobierno, Israel emprendió una enorme campaña militar en Gaza después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023.
El ataque de Hamás fue brutal: murieron alrededor de 1.200 personas en Israel y cientos fueron tomadas como rehenes. Israel respondió con una campaña militar de enorme escala en Gaza, que produjo una devastación masiva y decenas de miles de muertos palestinos, según las autoridades sanitarias de Gaza. Israel sostiene que sus operaciones tienen como objetivo a Hamás y rechaza las acusaciones de genocidio.
Pero aquí tampoco estamos solamente ante una discusión política.
La Corte Penal Internacional emitió en noviembre de 2024 una orden de arresto contra Netanyahu. La acusación no fue por el delito de genocidio, sino por presuntos crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, entre ellos el uso del hambre como método de guerra y ataques dirigidos contra la población civil. La CPI señaló que existían motivos razonables para creer que Netanyahu podía tener responsabilidad penal por esos hechos.
Eso no significa que Netanyahu haya sido condenado. Una orden de arresto y una condena son cosas completamente diferentes.
Pero tampoco es un dato menor.
Un jefe de gobierno contra quien existe una orden de arresto de la CPI continúa ejerciendo el poder y defendiendo públicamente las acciones de su gobierno. En septiembre de 2026, Netanyahu volvió a defender ante Naciones Unidas las acciones militares israelíes y rechazó las acusaciones de genocidio.
Mientras tanto, Gaza continúa sufriendo las consecuencias de una guerra que ha dejado una devastación humana y material extraordinaria.
El problema no son solamente ellos
Es tentador reducir todo esto a una conclusión sencilla: “hay cretinos gobernando el mundo”.
Pero quizá la pregunta más incómoda sea otra:
¿Por qué los dejamos gobernar?
Los líderes políticos no llegan al poder por generación espontánea. Llegan mediante elecciones, partidos, instituciones, sistemas de propaganda, medios de comunicación, alianzas económicas, estructuras de poder y, finalmente, ciudadanos que votan.
Trump no gobierna Estados Unidos porque una mañana se haya despertado presidente. Netanyahu tampoco gobierna Israel porque alguien le haya entregado las llaves del país.
Detrás de cada dirigente existe una sociedad.
Una sociedad que puede premiar la mentira.
Una sociedad que puede convertir el escándalo en entretenimiento.
Una sociedad que puede terminar considerando normal que las acusaciones de abuso sexual contra un poderoso sean simplemente otra noticia del día.
Una sociedad que puede contemplar miles de muertos civiles y discutirlos como si fueran cifras abstractas.
Una sociedad que puede indignarse durante unos minutos y después continuar con su vida.
Cuando el poder se vuelve más importante que la humanidad
Quizá el verdadero peligro no sea que existan políticos capaces de tomar decisiones moralmente cuestionables. El verdadero peligro aparece cuando el poder consigue que dejemos de escandalizarnos.
Cuando una acusación contra un poderoso se convierte en una batalla partidista.
Cuando las víctimas desaparecen detrás de las estadísticas.
Cuando los muertos tienen nacionalidad, religión o ideología antes que nombre.
Cuando la defensa de un líder se convierte en defensa automática de cualquier cosa que haga.
Cuando dejamos de preguntarnos si una acción es justa y solamente preguntamos si beneficia a “los nuestros”.
Ahí es donde comienza la degradación política.
Porque una democracia no debería consistir únicamente en introducir una papeleta en una urna. También debería significar exigir responsabilidades, defender las instituciones, proteger a las víctimas y recordar que ningún presidente, primer ministro, general, multimillonario o líder religioso está por encima de la dignidad humana.
El verdadero fracaso
Tal vez por eso el título de este artículo sea deliberadamente provocador: hay cretinos gobernando en el mundo.
Pero sería demasiado cómodo pensar que el problema termina señalándolos con el dedo.
El verdadero fracaso ocurre cuando millones de personas se acostumbran a que el poder pueda convivir con el escándalo, la impunidad, la violencia y el sufrimiento ajeno.
Trump y Netanyahu son nombres concretos de una discusión mucho más grande.
La pregunta que deberíamos hacernos no es solamente quién gobierna.
Es qué estamos dispuestos a tolerar de quienes gobiernan.
Porque cuando una sociedad acepta que el poder vale más que la dignidad humana, el problema deja de estar únicamente en los palacios de gobierno.
Empieza a estar también en nosotros.
Y quizá esa sea la parte más incómoda de todas.
Por: Redacción LCA






