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La batalla por el imaginario: Cultura contra el fascismo

¿Y si la mejor manera de combatir el fascismo no fuera únicamente discutir sus ideas, sino construir una cultura en la que esas ideas resulten menos atractivas?

Hay una batalla política que rara vez aparece en los parlamentos. No ocurre únicamente en las urnas, en las redes sociales o en las calles. Ocurre en los libros que leemos, las películas que vemos, las canciones que escuchamos, las historias que contamos sobre nuestro país y, sobre todo, en la manera en que aprendemos a mirar a los demás. Es una batalla por el imaginario.

Los movimientos fascistas y las nuevas extremas derechas lo entendieron hace mucho tiempo. Nunca fueron solamente proyectos políticos. También fueron proyectos culturales. Construyeron símbolos, rituales, canciones, héroes, enemigos y relatos de grandeza nacional. No se limitaron a decirle a la gente qué debía pensar: intentaron decirle quién era, de dónde venía, a quién debía temer y cuál era su lugar dentro de una comunidad imaginada.

Ese es precisamente uno de los motivos por los que combatir el extremismo únicamente con argumentos racionales puede resultar insuficiente. Porque las personas no vivimos solamente de argumentos. Vivimos de historias.

El extremismo también ofrece una historia

Una de las mayores fortalezas de los movimientos radicales es su capacidad para convertir un mundo complejo en un relato sencillo.

Hay una época dorada que hemos perdido. Hay una comunidad auténtica que está siendo destruida. Hay unos culpables perfectamente identificables. Hay una amenaza. Y, finalmente, hay una promesa: si recuperamos nuestra verdadera identidad, todo volverá a estar en su sitio.

Es una narrativa poderosa porque ofrece algo que muchas sociedades contemporáneas han ido perdiendo: certeza.

Frente a un mundo cambiante, desigual y difícil de comprender, el extremismo ofrece respuestas simples. Frente a la soledad, ofrece comunidad. Frente a la incertidumbre, ofrece identidad. Frente a la sensación de insignificancia, ofrece una causa.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para quienes defendemos una sociedad democrática:

¿Qué estamos ofreciendo nosotros a cambio?

Decirle a una persona que no debe ser fascista no necesariamente le proporciona una comunidad. Explicarle que una teoría conspirativa es falsa no necesariamente llena el vacío que la llevó a creer en ella. Señalar que un discurso racista es moralmente inaceptable no responde siempre a la necesidad de pertenecer.

La democracia necesita algo más que argumentos correctos.

Necesita una cultura práctica capaz de resultar emocionalmente habitable.

No basta con quitarles el micrófono

Existe una tentación comprensible cuando aparecen movimientos extremistas: intentar silenciarlos.

En determinadas circunstancias, el Estado debe actuar frente a amenazas reales de violencia y frente a organizaciones que utilizan la intimidación para destruir derechos fundamentales. Pero una sociedad democrática no puede reducir su estrategia contra el extremismo a la censura o a la prohibición. Porque las ideas no desaparecen simplemente porque dejemos de escucharlas.

A veces ocurre lo contrario.

La cultura tiene una tarea diferente: disputar el terreno donde esas ideas adquieren sentido.

Si el extremismo dice que pertenecer significa excluir, necesitamos demostrar que pertenecer también puede significar cuidar.

Si dice que la identidad necesita un enemigo, tenemos que construir identidades que no necesiten enemigos.

Si promete una comunidad basada en la pureza, podemos ofrecer comunidades basadas en la solidaridad.

Y si ofrece una épica de violencia, quizá una de las tareas más importantes de la cultura sea recuperar una épica de la convivencia.

La cultura no tiene que convertirse en propaganda

Aquí existe una frontera fundamental.

Combatir el fascismo no significa crear una cultura democrática que se comporte como una versión invertida del mismo autoritarismo que pretende combatir.

No necesitamos otro pensamiento único.

Necesitamos más pensamiento.

No necesitamos reemplazar una propaganda por otra.

Necesitamos enseñar a reconocer la propaganda.

No necesitamos decirle a la ciudadanía qué debe pensar.

Necesitamos darle las herramientas para pensar por sí misma.

Una película no tiene que incluir un discurso político cada diez minutos para combatir la intolerancia. Una novela no tiene que convertirse en un panfleto. Una canción no tiene que explicar un programa electoral.

A veces basta con algo mucho más profundo: hacer visible la humanidad de quien ha sido convertido en enemigo.

El extremismo necesita convertir personas en categorías.

Agrupar supuestas amenazas cumple el objetivo del radicalismo extremo y entonces, el inmigrante deja de ser una persona concreta y se convierte en “los inmigrantes”. El musulmán deja de ser un individuo y se convierte en “los musulmanes”. El adversario político deja de ser un ciudadano y se convierte en “el enemigo”.

La cultura puede romper ese mecanismo.

Una buena novela puede obligarnos a vivir durante trescientas páginas dentro de la cabeza de alguien que jamás habríamos escuchado. Una película puede mostrarnos la vida cotidiana de una familia a la que las estadísticas reducen a un número. Una canción puede transformar una experiencia que parecía ajena en algo emocionalmente reconocible.

Ese es uno de los poderes políticos más profundos del arte:

devolverle un rostro a quien ha sido convertido en una abstracción.

Y cuando alguien vuelve a tener rostro, resulta mucho más difícil convertirlo en un enemigo imaginario.

La memoria como vacuna imperfecta

También necesitamos memoria.

No una memoria convertida en ritual vacío, sino una memoria incómoda.

Recordar el fascismo no debería consistir únicamente en repetir que aquello ocurrió “hace mucho tiempo”. Debería obligarnos a preguntarnos cómo sociedades aparentemente normales llegaron a aceptar la exclusión, la persecución y finalmente la violencia.

La pregunta importante no es solamente:

“¿Cómo pudo ocurrir?”

Es también:

“¿Qué mecanismos hicieron que tantas personas terminaran considerándolo normal?”

La propaganda, la deshumanización, el miedo, la indiferencia, el conformismo y la construcción de enemigos no pertenecen exclusivamente a los libros de historia. Son mecanismos que pueden reaparecer bajo nuevos nombres y en nuevas plataformas.

Por eso la memoria no debería enseñarnos únicamente quiénes fueron los fascistas.

Debería enseñarnos cómo funciona la fascinación por el autoritarismo.

Recuperar el derecho a pertenecer

Quizá aquí se encuentre una de las tareas culturales más importantes de nuestro tiempo.

Durante demasiado tiempo hemos hablado del extremismo como un problema de ideas. Pero también es un problema de vínculos.

Una persona aislada es más vulnerable a cualquier comunidad que le prometa significado.

Por eso combatir la radicalización también significa reconstruir espacios de pertenencia: asociaciones, clubes deportivos, bibliotecas, universidades, centros culturales, colectivos artísticos, organizaciones vecinales, proyectos comunitarios.

No parece una estrategia espectacular.

No genera titulares.

Pero quizá sea una de las más importantes.

Porque una sociedad que deja a millones de personas sintiéndose solas, irrelevantes o expulsadas de la comunidad deja un espacio que alguien terminará ocupando.

La pregunta es quién.

La verdadera batalla cultural

Por eso la batalla cultural no debería consistir simplemente en derrotar al adversario cultural.

Debería consistir en construir algo mejor.

Una cultura democrática que pueda decir:

Puedes pertenecer sin odiar.

Puedes amar tu país sin despreciar a quien nació en otro.

Puedes defender tus tradiciones sin convertirlas en armas.

Puedes estar orgulloso de quién eres sin necesitar considerar inferior a otra persona.

Puedes estar enfadado con el sistema sin entregar tu libertad a un líder que promete solucionarlo todo.

Y puedes buscar una comunidad sin tener que construir un enemigo.

Quizá esa sea la respuesta cultural más poderosa frente al fascismo y la extrema derecha radical: no solamente decir “no” a su mundo, sino demostrar que existe otro mundo posible.

Uno donde la identidad no sea una trinchera.

Donde la diferencia no sea una amenaza.

Donde la memoria sirva para aprender y no para alimentar el odio.

Y donde la cultura vuelva a hacer aquello que siempre ha hecho en sus mejores momentos: ampliar nuestra imaginación hasta conseguir que otras vidas, otras historias y otras formas de existir dejen de parecernos completamente ajenas.

Porque al final, la lucha contra el autoritarismo también es una lucha por nuestra capacidad de imaginar.

Y quien renuncia a imaginar una sociedad mejor deja el futuro en manos de quienes sí se atreven a imaginarlo.

Por: Redacción LCA

 

 

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