Los pueblos tienen una enorme capacidad para transformar su realidad.
Sin embargo, también comparten una característica que con frecuencia juega en su contra: la volatilidad. Es común que una sociedad abrace con entusiasmo una idea, un liderazgo o un proyecto, pero que un solo error, un escándalo o una decisión impopular basten para abandonar por completo aquello que apenas ayer parecía representar el camino correcto.
La crítica es indispensable en una democracia. Sin ella, el poder se vuelve complaciente y los errores se multiplican. Pero existe una diferencia importante entre ejercer una crítica responsable y convertir el descontento permanente en una forma de actuar. Cuando toda acción gubernamental se juzga únicamente por el error más reciente, sin considerar los avances alcanzados ni el contexto en el que se desarrollan las decisiones, el resultado es un país que reinicia constantemente su rumbo.
Los grandes proyectos nacionales no se construyen en un sexenio, ni siquiera en una década. Requieren continuidad, evaluación, corrección y perseverancia. Las naciones que hoy admiramos por su desarrollo no llegaron a ese punto porque cada cambio de opinión implicara destruir lo que se había construido. Alcanzaron estabilidad porque supieron distinguir entre aquello que debía corregirse y aquello que valía la pena conservar.
Con demasiada frecuencia caemos en el extremo opuesto. Apoyamos una política mientras produce resultados inmediatos, pero basta un tropiezo para concluir que todo ha sido un fracaso. Esa lógica impide consolidar instituciones, fortalecer programas públicos y dar certeza a quienes invierten, trabajan y planean su futuro.
Esto no significa aceptar los errores con resignación ni justificar decisiones equivocadas. Significa entender que un proyecto serio puede requerir ajustes sin perder su esencia. Corregir no es sinónimo de abandonar. Mejorar no implica empezar desde cero cada vez que surge una dificultad.
La madurez política de una sociedad también se refleja en su capacidad para reconocer lo que funciona, incluso cuando proviene de actores con los que no coincide plenamente. Si una estrategia está dando resultados, lo sensato es fortalecerla, perfeccionarla y exigir que continúe mejorando, en lugar de desecharla únicamente porque apareció un problema o porque cambió el clima político.
El desarrollo de un país exige una visión de largo plazo. Esa visión solo es posible cuando ciudadanos, gobiernos y oposición comprenden que la continuidad de las buenas políticas puede ser tan importante como la alternancia democrática. Cambiar por cambiar rara vez genera progreso; cambiar para mejorar, sí.
Quizá uno de nuestros mayores desafíos como sociedad sea aprender a perseverar. No renunciar a un proyecto por el primer obstáculo, no convertir cada desacuerdo en una ruptura definitiva y no permitir que la inmediatez sustituya a la construcción paciente del futuro.
No avanzamos cuando claudicamos ante la primera dificultad. Avanzamos cuando somos capaces de distinguir entre lo que merece ser corregido y lo que merece seguir construyéndose. Porque las naciones fuertes no son aquellas que nunca se equivocan, sino aquellas que tienen la voluntad de mejorar sin destruir constantemente los cimientos sobre los que aspiran a crecer.
Por: Redacción LCA




