Estimado soldado norteamericano:
No sé tu nombre, ni edad, no sé si tienes hijos o hermanos. Tampoco conozco el color de tu piel o la historia de tu familia, pero sé algo: tú y yo somos soldados, y en este momento las circunferencias del poder nos colocan en lados opuestos de una amenaza que yo no busqué, y presumo tú tampoco.
Te escribo esta carta abierta desde Cuba, mi tierra. Desde esta isla que has visto en mapas, noticieros o quizás en viejas películas. Pero no la conoces. No sabes lo que es despertar con el olor del café y el canto del tocororo. No sabes lo que es sudar bajo el sol de la caña, o llorar a un abuelo que se fue sin despedirse. Eso que tú llamas «objetivo militar», para mí es mi casa.
Tu gobierno, el poderoso gobierno de los Estados Unidos, habla de agresión, intervención, de «restaurar el orden» o «liberarnos».
Son palabras que hemos escuchado antes. Las escuchó Carlos Manuel de Céspedes cuando alzó su libertad. Las escucharon los mambises en la manigua. Las escuchó Fidel cuando el desembarco por Las Coloradas a bordo del yate Granma, y las escuchamos cada día en forma de bloqueo, de amenazas, de zarpazos de imperio. Pero aquí seguimos.
Hoy me toca a mí, un joven soldado cubano, defender mi bandera. Esa bandera que Bonifacio Byrne desde el exilio, describió con un dolor que ahora yo siento como propio: “Mi bandera, mi bandera que la he visto entre las balas, rota en mil pedazos que levanta el cubano sobre sus hombros de acero”. Esa bandera no es un trapo, es la sangre de mis bisabuelos, es la estrella solitaria que brilla sin pedir permiso.
Así que si un día te ordenan venir, si cruzas el mar con tus botas y fusil, quiero que sepas algo: aquí no encontrarás a un pueblo vencido. Encontrarás a hombres y mujeres que hemos crecido escuchando en el Himno Nacional aquel verso que no es un adorno: “Que morir por la patria es vivir”.
No es un eslogan, es una certeza. Porque cuando lo único que tienes es tu tierra, tu dignidad y tu familia, entonces no hay tanque que te quite el valor.
Antonio Maceo, nuestro Titán de Bronce, lo dijo claro: “Quien intente apoderarse de Cuba, solo recogerá el polvo de su tierra anegado en sangre”.
No es una amenaza vana, es la experiencia de cien años de lucha, es la advertencia de que aquí el invasor no encontrará flores, sino raíces armadas.
Pero no te escribo para odiarte sino para decir que tú y yo podríamos ser amigos en otra vida. Que si nos encontráramos en una esquina de La Habana, quizás compartiríamos un café y tú me contarías de tu casa en Ohio o Texas.
Te escribo para pedirte que reflexiones: ¿quién gana con esta guerra? ¿Tu pueblo? ¿Mi pueblo? ¿O quienes negocian acciones y fabrican armas?
Tu juramento es obedecer, el mío, también, pero hay una diferencia: tú obedeces una orden de agresión. Yo cumplo el deber de defender a mi madre, a mi hermana, a mi novia, a mis vecinos. Tú invadirías mi patio. Yo solo quiero que te vayas antes de que la sangre nos vuelva enemigos para siempre.
Si llegas, te recibiremos con la firmeza del que no tiene otra opción. No te prometo un campo de batalla limpio ni fácil. Te prometo que cada palmo de tierra lo pagarás caro. Pero también te prometo que si caes, no celebraré tu muerte porque sé que detrás de tu uniforme hay una familia que te espera.
Por eso soldado, escucha mi consejo: no te conviertas en el verdugo de mi patria. No cargues con el peso de una guerra injusta. Usa tu conciencia antes que tu fusil. Y si no puedes negarte, al menos recuerda esta carta cuando veas nuestra bandera ondeando en el horizonte. Porque esa bandera, como escribió Bonifacio Byrne, no se arriará jamás.
“Si me piden mi bandera, yo la tengo que dar; que no puede haber entrega más hermosa y más sincera que entregarla al expirar».
Esa es mi respuesta. Firme en la trinchera, pero con el corazón limpio.
Un soldado de Cuba que prefiere morir de pie que vivir de rodillas.
La Habana



