El nuevo fascismo solo puede entenderse dentro de su propio contexto histórico.
El autoritarismo de Trump refleja una sociedad estadounidense que sigue marcada por el legado de la esclavitud, y en la que la desigualdad, el racismo y la violencia condicionan la vida pública de manera mucho más pronunciada que en Europa. El nativismo desempeña un papel, al igual que la supremacía blanca. En Europa, en cambio, los partidos de extrema derecha tienden a movilizar un tipo de nacionalismo orientado al Estado que busca combatir las supuestas amenazas a la unidad nacional.
El apoyo de sectores del gran capital
Una de las principales fuerzas impulsoras del fascismo histórico fue la lucha contra la igualdad social, lo que explica en gran medida su determinación de aniquilar a los movimientos socialdemócrata y comunista. Aunque los fascistas puede que no hayan sido agentes directos del capital que fueron alistados para salvar el capitalismo, como afirmaba la Comintern de Joseph Stalin, el fascismo habría sido, no obstante, inconcebible sin el apoyo de sectores del gran capital. Tampoco era un movimiento irracional de siniestros seductores y seducidos, como sostenía la investigación anterior sobre el fascismo. Sin embargo, como dijo célebremente Max Horkheimer, «quien no quiera hablar del capitalismo, que se calle también sobre el fascismo», pues tanto el capitalismo como el fascismo son sistemas que naturalizan la desigualdad.
La destrucción como medio de sanación
El fascismo contemporáneo, está arraigado en una estructura de sentimiento específica presente en las sociedades modernas: la búsqueda de una modernidad diferente. La sociedad moderna afirma oponerse a las jerarquías naturales y permitir que la razón y la racionalidad triunfen sobre la fe y la superstición. Busca someter la naturaleza a la humanidad, aunque al mismo tiempo reconoce la finitud y las limitaciones naturales de esta. La promesa central de la sociedad moderna, sin embargo —la de la integración social a través de la movilidad ascendente— ya no se sostiene. El espectro del declive social dio lugar a una especie de negatividad generalizada. La modernidad liberal engendró así una destructividad dirigida contra sí misma: un nuevo fascismo que ofrece la destrucción como medio de sanación.
Una identificación narcisista colectiva

El fascismo resulta atractivo en épocas de rápido cambio social también porque, no en último término, fomenta una identificación narcisista colectiva. Cada individuo enojado y desorientado puede fundirse con la comunidad de la nación, que a su vez se demarca de la sociedad individualista y multicultural. Las diversas facciones de esta comunidad están unidas por la rebelión destructiva contra la democracia liberal y el deseo de restaurar las jerarquías sociales.
Un orden eterno definido por la grandeza
Por eso el fascismo no se opuso ni se opone a la modernidad en sentido estricto. De hecho, exhibe muchas facetas de la modernidad, como en su manera de relacionarse con la tecnología o la economía. El fascismo aspira, pues, no a la antimodernidad, sino a una contramodernidad alternativa: un orden mítico que promete ethos y estabilidad en contraste con las frías racionalidades y la naturaleza fluida y convulsa de la sociedad burguesa moderna. Además, se concibe a sí mismo como un orden eterno definido por la grandeza, en el que incluso el individuo puede alcanzar dicha «grandeza» (se nos vienen a la mente Peter Thiel o Elon Musk).
Núcleo mítico
El historiador de Oxford Roger Griffin elaboró a principios de los años noventa una influyente definición del fascismo. En su opinión, el fascismo es un movimiento revolucionario con un «núcleo mítico» y un imaginario de la nación y de su renacimiento como forma de «ultranacionalismo populista». El fascismo siempre requirió un mito nacional sobre el pasado para orientarlo hacia el futuro. Pues el fascismo no consistía meramente en restaurar una utopía pretérita, sino también en la fantasía de un gran futura, una identificación narcisista con la nación a la que se le atribuía una grandeza de alcance histórico-mundial. Aquí uno recuerda las febriles alucinaciones de los nazis sobre un «Reich de mil años».




