¿Es el negocio más importante que la ideología?
Una de las etiquetas más utilizadas para describir a Donald Trump es la de «fascista». Sin embargo, más allá de los calificativos políticos, existe un argumento que invita a matizar esa afirmación: su capacidad para modificar el tono y la intensidad de sus políticas cuando percibe que sus intereses económicos o políticos podrían verse afectados.
El fascismo, entendido desde la ciencia política, suele caracterizarse por una fuerte adhesión ideológica, el nacionalismo extremo, el autoritarismo y la subordinación de otros intereses a un proyecto político considerado superior. En cambio, Trump ha mostrado en diversas ocasiones un comportamiento más pragmático que doctrinario. Su prioridad parece ser obtener ventajas políticas, económicas o de imagen, incluso si ello implica ajustar su discurso o sus acciones.
Durante el mundial
Un ejemplo que ha sido ampliamente comentado ocurrió durante el Mundial de Clubes de la FIFA celebrado en Estados Unidos. Antes del torneo, la administración Trump había impulsado operativos migratorios muy agresivos a través del ICE, generando preocupación entre comunidades migrantes y sectores empresariales. Sin embargo, durante el desarrollo del evento, el tono de las redadas disminuyó y se enviaron mensajes para evitar afectar la organización del torneo, la asistencia de aficionados y la imagen internacional del país.
Si este cambio respondió principalmente a razones económicas y diplomáticas, podría interpretarse como evidencia de que las decisiones de Trump no obedecen exclusivamente a una convicción ideológica rígida, sino también a cálculos de costo-beneficio. En otras palabras, cuando una política amenaza con perjudicar intereses comerciales, turísticos o de prestigio internacional, está dispuesto a modificar su estrategia.
Esto no significa que desaparezcan las críticas a su política migratoria ni que sus declaraciones sobre inmigración dejen de ser controvertidas. Tampoco demuestra, por sí solo, que no existan motivaciones ideológicas detrás de sus decisiones. Lo que sí sugiere es que reducir su comportamiento a una única etiqueta puede resultar insuficiente para explicar un liderazgo que combina nacionalismo, populismo y un marcado pragmatismo empresarial.
En ese sentido, quizá resulte más preciso describir a Trump como un político profundamente transaccional: alguien que utiliza la ideología cuando le resulta útil, pero que está dispuesto a flexibilizarla cuando percibe que hacerlo favorece sus intereses políticos o económicos. Esa característica lo diferencia de los movimientos históricamente fascistas, cuya identidad descansaba en una adhesión mucho más consistente a un proyecto ideológico, incluso cuando implicaba costos económicos.
Por: Redacción LCA




